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Texto para Cinema ad hoc




Todavía se puede tirar del hilo en el Atlántida Film Fest. Esta vez en solitario me extiendo más de lo habitual para hablar de una película que así lo merece. Se trata de In the crosswind, también conocida como Risttuules en el circuito de festivales internacionales. Esta obra ha sido encuadrada dentro de la sección Memoria (al igual que Depth two y Boris Pahor, dos películas de las que hablo aquí) pues trata un suceso histórico asociado a uno de los temas más veces tratados, pero inmensamente desconocido: la deportación étnica a Siberia que tuvo lugar en los actuales pueblos bálticos durante el régimen estalinista, en el contexto de la IIGM. Con una delicada fotografía en blanco y negro, la puesta en escena de esta obra es tan especial que prefiero no descubrirla en este texto. Lo que sí diré es que es una de las imprescindibles de este certamen, así que, si lo estás siguiendo y no la has visto, no sé qué estás haciendo con tu vida. De momento, aquí mi crítica:



Como una mosca contra el cristal


La nouvelle vague ha sido para Woody Allen lo que éste es ahora para Noah Baumbach, situación que queda patente en la nueva obra de este prometedor director de la denominada “generación del 69” (junto con Wes Anderson y Spike Jonze, con los que, curiosamente, coincide actualmente en cartelera, aunque se trata de una obra más cercana a otros estrenos, como Oh boy o, incluso, Oslo, 31 de agosto).

Cuando Kurosawa retomó el cine social, pero se dejó la maestría por el camino


Se podría afirmar que el cine de Kurosawa se caracteriza, a grandes rasgos, por una puesta en escena formalmente sobria y muy cuidada, junto con una narrativa pausada, cimentada en grandes dilemas morales. Es llamativo, por tanto, que esta película destaque por fracasar, precisamente, en estos aspectos.

LA DIGNIDAD EN EL FINAL DE LA VIDA

La película abre con un viejo caminando por la cuneta de una autopista en medio de ninguna parte. Podría tratarse de una metáfora de lo que ha sido su vida: un patético deambular sin rumbo, destino ni atisbo de felicidad. Todavía no lo sabemos, pero la última película de Alexander Payne gira en torno a los últimos pasos de un perdedor cualquiera, un anciano con señales de senilidad y comportamiento errático, que se aferra a su última esperanza en la vida: viajar hasta Lincoln para cobrar un premio de un millón de dólares, que tiene toda la pinta de ser un timo.