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Texto para Cine Divergente




El pasado viernes se estrenó la última película de Woody Allen, de nombre Café Society (2016). El responsable de Magia a la luz de la luna (2014) sitúa la acción entre Hollywood y Manhattan, ciudades que le dan pie a desarrollar una historia melancólica sobre desamores. El autor nos tiene acostumbrados a un ritmo de una película al año, lo que repercute en una puesta en escena descuidada. Sin embargo, esta vez lo que más luce es lo cuidada que esta resulta, hasta el punto de convertirse en la protagonista de la cinta. Un trabajo formal en el que destaca la buena mano de Vittorio Storaro, gran director de fotografía que se ha encargado de desarrollar esta propuesta, lo que plantea la duda de hasta qué punto es una película de Allen y hasta qué punto es realmente de Storaro. Una cuestión de capital importancia, pues lo principal en esta obra es la puesta en escena, así que en este texto que he escrito para Cine Divergente me he centrado en esta reflexión. Bajo estas líneas, el enlace a dicha disertación:



Análisis en formato audio




Es posible que ni hayas oído hablar de ella. Aun habiéndolo hecho, lo más probable es que no la hayas visto. Mal. Muy mal. The diary of a teenage girl (2015) es una película indie, pero de las buenas. Su idea de cine alternativo es auténtica, pues presenta situaciones alejadas del cine comercial y arriesga mucho en sus planteamientos, que lleva hasta el final asumiendo las consecuencias. Deliciosas consecuencias. Marielle Heller debuta en la dirección de largometrajes rodando un guion escrito por ella y protagonizada por la maravillosa Bel Powley, con una interpretación valiente y nada complaciente de una adolescente real, compleja. Una cinta que habla de la adolescencia con conocimiento de causa y alejada de todo lugar común, en la que  se permite que una chica verbalice un "quiero que me follen". Declaración de intenciones, prueba del éxito. Bajo estas líneas, el podcast en el que analizamos The diary of a teenage girl:







Análisis en formato audio




Spotlight (2015) ganó el Oscar a la mejor película en la última edición de estos premios. Una decisión que a mucha gente dejó fría, tan fría como la propia cinta de Thomas McCarthy. Algo entendible, especialmente si, por algún inexplicable motivo, prefieres El Renacido (2015). Lo cierto es que Spotlight es una película más árida de lo que podría parecer, que apuesta por la investigación periodística pura y dura y deja a un lado toda tentación melodramática -es muy fácil caer en el atraco emocional al tratar temas tan espinosos como la pederastia-. Esta situación la hace menos vistosa para el gran público -en mi caso, es la única manera de convertirla en interesante-, así que desde aquí hago un llamamiento en favor de una de las pocas películas valiosas de la última edición de los Oscars -aunque, por supuesto, yo iba con Mad Max (2015)-. Bajo estas líneas, el acceso al podcast que le dedicamos en su día Irene y yo a Spotlight, poco después de que se hubiera alzado con la estatuilla dorada:






Análisis en formato audio




De un post a otro, saltamos 15 años. Si en la anterior publicación hablaba de Zoolander (2001), en esta le toca a su segunda parte, Zoolander No. 2 (2015), que fue recibida bajo la pregunta de "¿Hacía falta?" pero que ha llegado para demostrar que Ben Stiller sigue en plena forma. Si bien inferior a la original y quizás algo lastrada por un exceso de parodia del cine de espías, lo cierto es que, como comedia, funciona mejor que la media de lo que se estrena semana tras semana. No te pierdes nada, pero, de verla, lo que tampoco vas a perder es tu tiempo. Más tontunez, más vueltas de tuerca al universo de las miradas colosales, más risas y un Will Ferrell más inmenso que nunca:







Análisis en formato audio




En 2001, con la MTV en pleno auge, el delirio audiovisual y la estética videoclipera campan a sus anchas. La tontunez quizás siempre había existido, pero en esta época se dejaba ver en todo su esplendor. Y ahí llegó el Ben Stiller creador para sacarse de la manga esta comedia tonta de humor inteligente. Zoolander (2001) es toda una obra por descubrir. No inventa la pólvora, pero sus engranajes encajan y mueven el motor de esta nave a toda velocidad. Olvídate de trascendencias o de buenas intenciones y déjate llevar por el torrente de brillante estupidez de Derek Zoolander. Bajo estas líneas, el análisis de esta película que tanto te animo a que veas a pesar de que lo más probable es que ya lo hayas hecho:







Si te has quedado con ganas de saber qué opinamos de la segunda parte, estrenada este mismo 2016, que sepas que también hemos grabado este podcast:







Análisis en formato audio




Una de las mejores películas de lo que va de 2016, una de las grandes olvidadas de la pasada edición de los Oscars, Carol es un drama intimista sobre qué supone para cada uno de los dos personajes principales el ser lesbiana en los años 50. Estas dos mujeres están interpretadas por Cate Blanchett y Rooney Mara. Un duelo espectacular, en el que saltan chispas de auténtica química interpretativa. Dirige Todd Haynes, quien se apoya en una sublime fotografía -que aquí ya defendí que era la que merecía el Oscar- para narrar una historia en la que puede parecer que no ocurre gran cosa, pero en la que realmente suceden millones de detalles, matices, delicadezas cinematográficas. O quizás no. En este audio-análisis se refleja la divergencia de opiniones respecto a esta película, cuyos espectadores salen fascinados o decepcionados. Bajo estas líneas encontrarás el link que te conducirá al archivo de audio en el que se almacena el debate en torno a Carol:







Texto para Revista Insertos




Deja lo que estés haciendo, huye si has hecho algo malo; Cobra está aquí. Entre cerillas bucales y frases lapidarias, este héroe enfundado en cuero se dispone a reventar a una banda de moteros malosos. Este es el tono. Sylvester Stallone pone el cuerpo y el guion; George Pan Cosmatos, todo lo demás. De narración imposible y vergüenza aún por conocer, Cobra, el brazo fuerte de la ley es un viaje desorbitado por los mugrientos escenarios de la serie Z. El presupuesto es superior, pero no las ganas de romper todo precepto, sin importar que el resultado funcione -un planteamiento que también se da en la reciente Toro, a la que le dediqué esta crítica-. Cobra es una de esas películas que hay que ver. Es tan sencillo como eso. Y es por ello por lo que le dedico una crítica en la que la encumbro como nadie se ha dignado a hacer. Bajo estas líneas, el enlace que conduce a dicho escrito:




Análisis en formato audio





Que Quentin Tarantino es un grande del cine actual lo sabe todo el mundo. Que está un poco pasado de rosca, también. El responsable de títulos de culto como Reservoir Dogs (1992) y obras infravaloradas pero plagadas de ideas visuales apabullantes como Death proof (2007) ha entregado su última obra, que a España llegó a principios de 2016. Los odiosos ocho es una adaptación a su mundo de su propio mundo. Es decir, que se homenajea a sí mismo. Es de sobra conocido que Tito Quentin recicla y reformula géneros de la cultura pop, pero hace tiempo que se ha subido a la parra y dirige sin control. El último resultado de esta nueva tendencia es una obra que decide que él, en sí mismo, es un género tan estimable que debe ser tomado como referencia. Y esto es lo que en Críticas Sobre La Marcha opinamos al respecto:






Pirotecnia inteligente



El plano secuencia está de moda. Analizando la producción audiovisual de los últimos años, se observa un creciente uso de este recurso formal, y buena parte de la culpa de esta situación la tiene las facilidades asociadas al cine digital. Los avances tecnológicos permiten una mayor versatilidad en el rodaje y cada vez es más sencillo rodar uno de estos planos, o, lo que cada vez es más habitual, falsear un conjunto de largas tomas para empalmarlas en un continuum más o menos disimulado. Una pequeña trampa que en muchas ocasiones cuenta con la aprobación de un público deseoso de deleitarse con estas golosinas visuales. Y es que las mejoras técnicas afectan en todos los aspectos de la filmación, pero el plano secuencia se lleva la palma en lo que a relevancia se refiere. No sólo por llamativos sino por complacientes, estos planos destacan sobre otros recursos, pero esta notoriedad no está exenta de controversia.















Fotograma del rodaje de Birdman (2014).

El plano secuencia posee la fuerza de un canto de sirena. La percepción visual complacida desencadena un chorro de dopamina, esa molécula responsable de la sensación de recompensa a nivel neuronal. A ello se suma ese momento en el que somos conscientes de que esa toma que se se prolonga en el tiempo en realidad corresponde a un plano secuencia, situación que se sobredimensiona al sentir que entendemos a qué está jugando la persona que ha creado este momento. Dopamina a cucharadas. Sin embargo, es precisamente este último punto, el del supuesto entendimiento de las reglas del juego, el que desenmascara buena parte de estas propuestas, en caso de que se decida abandonar por un momento el placer de la hazaña técnica y se efectúe un ejercicio de análisis en profundidad. Y es que, si nos ponemos estrictos, todo elemento usado en el desarrollo de un artefacto audiovisual debería atender a motivos narrativos, pero da la impresión de que, en el caso del plano secuencia, las motivaciones están más cercanas al chute de ego –lo que no deja de ser otra descarga dopaminérgica más–.


Fotograma del plano secuencia de True Detective (2014).


El final del cuarto capítulo de la primera temporada de True Detective (Cary Joji Fukunaga, 2014); la primera escena de Spectre (Sam Mendes, 2015); toda Birdman (2014) y buena parte de El renacido (2015), ambas dirigidas por Alejandro González Iñárritu; son todos ejemplos de un sentido de la narración basado en la espectacularidad, en la hazaña técnica a alcanzar, pero que no atienden a un concienzudo estudio de las posibilidades de las respectivas secuencias y de las múltiples formas en que pueden ser rodadas. Es por ello que resulta tan gratificante encontrar, entre el mar de despliegue de producción, una serie de propuestas consecuentes con sus planteamientos. Victoria (Sebastian Schipper, 2015), rodada en un único y real plano secuencia, no se sostenía en sus desorbitadas 2 horas y 20 minutos de duración, pero partía de una lógica interna, cuanto menos, estimable. Paulina (Santiago Mitre, 2015) incluía un par de secuencias rodadas en una única toma, explicadas por su director con una sencillez desarmante, quizás decepcionante pero absolutamente consecuente, que las justificaba como “secuencias que se sostenían con una única toma”. Creed: la leyenda de Rocky (Ryan Coogler, 2015) va un paso más allá al presentar dos planos secuencia que, más que sostenerse, exprimen su potencial para expandir el poderío de lo narrado.










Fotograma de Paulina (2015).

La nueva película de Ryan Coogler continúa la ya mítica saga de Rocky, el boxeador barriobajero de Filadelfia, y en ella sobresalen, como no podía ser de otra manera, sus dos planos secuencia. El primero aborda el primer combate serio del protagonista, un Adonis Johnson interpretado por Michael B. Jordan. La cámara se sumerge en el ring y nos hace partícipes de la adrenalina que supura el cuadrilátero cuando dos bestias inician el ritual de caballeros con guantes acolchados. Un plano que en ningún momento se hace largo, y que, precisamente, al no presentar cortes de montaje, explicita la corta duración del combate y ensalza la figura de su protagonista. La realización es pirotécnica y se gusta a sí misma, pero queda al servicio de la historia y atiende a los requisitos que este momento requiere.



La prueba de que todo esto no es fruto de una casualidad llega en el gran combate final. A pesar del tentador desafío técnico que supondría, las características del mismo imposibilitarían repetir estos planteamientos, en caso de que se quisiera mantener una coherencia narrativa, y Ryan Coogler demuestra ser consciente de ello. Debutante en el largometraje con Fruitvale Station (2013) y actualmente inmerso en el desarrollo de Pantera Negra (Black Panther, 2018), nueva adaptación de Marvel Studios, el realizador planta su segundo plano secuencia en los instantes inmediatamente previos al clímax de su obra, en la mentalización previa al salto al ring. Otra toma que vuelve a mostrarse virtuosa en su capacidad para magnificar el momento, pero que termina cuando debe hacerlo: justo antes de que suene el gong. Es precisamente esta decisión, la de asumir que un combate que supera el cuarto de hora de metraje no se sostiene en un plano secuencia, la que confirma la buena mano de un creador ambicioso pero coherente, que no sólo no se deja llevar por el virtuosismo ególatra sino que entiende qué necesita su película en cada momento.



A su vez, estos dos destellos de poderío visual no sólo hablan de buen gusto a la hora de escoger recursos narrativos; son igualmente el máximo exponente de todo lo que esta obra contiene. Y es que, siendo la séptima entrega de una saga que, como sus personajes, desde siempre ha tenido que luchar por ganarse el reconocimiento, pocas personas apostaban por ella. La historia se centra en el hijo de otro mito del boxeo en esta realidad paralela, Apollo Creed, un joven perteneciente a la clase alta que no boxea para sobrevivir, sino para sentirse libre. Con Sylvester Stallone retomando su Rocky Balboa, convertido en maestro Miyagi de las artes pugilísticas, la película camina entre la reinvención y la mirada nostálgica, esa que tan buena acogida entre el público ha tenido durante este pasado 2015 (Star Wars episodio VII; Jurassic World; Terminator Génesis). Sin embargo, Coogler se desmarca de revival complaciente y, sembrando guiños de diferente grado de explicitud a lo largo del metraje, consigue que esta séptima parte sea, ante todo, su visión personal de la saga.



Escrito a cuatro manos entre el propio director y Aaron Covington, este eficaz guion hace de la sencillez su mayor baza. Adonis se mueve entre sus aspiraciones y la gente que lo rodea, dos mundos que confluyen y se complementan. Su relación con Rocky saca los mejores momentos de la obra, y sorprende una relación romántica que, si bien en un principio parece la cota de amor necesaria en toda obra para el gran público, sin embargo funciona como atípica conjunción de personalidades y hasta podría decirse que está desaprovechada. Algo desdibujado queda el tono en ciertos tramos del relato. Si bien excelente en sus gotas de humor que restan hierro al asunto y arrancan carcajadas con una soltura endiablada que pilla desprevenido, los escarceos con el drama salen mal parados, especialmente en los conflictos que Adonis tiene con su entrenador y su pareja –Tessa Thompson–, que esta vez sí parecen impuestos por las inquebrantables leyes no escritas del guion clásico de cine. Pequeños tropiezos que poco importan cuando se comparan con todo lo bueno que deja esta poderosa entrega de una saga a la que en su séptima entrega todavía no se le ha dado el punto final.




Lost in Hollywood



Terry Gilliam es una persona particular, y sus películas son el reflejo del disparate que desborda su mente y que es responsable de los altibajos de su filmografía (12 monos, 1995; El secreto de los hermanos Grimm, 2005). Ideas brillantes inundan su narración, siempre lejos de la redondez absoluta, que no parece ser el objetivo. Sus proyectos viven en el aire, y es en ese descontrol donde el director parece sentirse cómodo. La libertad creativa da pie a la improvisación y la adición de nuevas ideas que van surgiendo sobre la marcha, pero, desde el momento en el que un rodaje está compuesto por cientos de trabajadores, es fácil que algo salga mal. Retrasos en los plazos, superación del tope presupuestario, modificaciones en la planificación, pan de cada día de este realizador estadounidense con afinidad por el humor absurdo británico, que lo llevó a formar parte del conjunto humorístico Monty Pyhton.




El histriónico Terry Gilliam


Terry Gilliam vive en el limbo, arriesgando sus propuestas cinematográficas por el bien del arte. Su fama lo precede, pero también su larga trayectoria, que, a pesar de más de uno y de dos fracasos comerciales, demuestra que es alguien en quien se sigue confiando. Gilliam fuerza la máquina, a la que es fácil desgastar pero cuesta reventar. Sin embargo, algunas veces los engranajes saltan y la reacción en cadena desarticula el entramado metalúrgico. Un problema lleva al siguiente, la bola de nieve se hace cada vez más grande y, más que escapar de ella, a veces toca simplemente apartarse de la trayectoria. Es el caso del rodaje en tierras españolas de El hombre que mató a Don Quijote, película inacabada que varias veces ha tratado de retomar. En ella, todo lo que podía salir mal salió mal, lo que, sumado a su manera de manejar un rodaje, hizo que fuera imposible terminarla. Esta odisea de final infructuoso quedó registrada en Perdidos en La Mancha (Lost in La Mancha, Keith Fulton y Louis Pepe, 2002), filmación que comenzó como making of, pero que, dadas las circunstancias, se convirtió en exquisito material para la elaboración de un documental que reivindica a Murphy y su odiosa ley.



Johnny Depp y Terry Gilliam en medio del rodaje de El hombre que mató a Don Quijote


Para desgracia del cine, Richard Stanley no contó con un equipo de grabación entre bambalinas que recogiera el proceso de filmación de La isla del Dr. Moreau (The Island of Dr. Moreau, John Frankenheimer, 1996). El realizador sudafricano comenzó a hacer cine cuando emigró a Londres, destacando con dos producciones de bajo presupuesto a principios de los noventa [Hardware, programado para matar (Hardware, 1990); El demonio del desierto (Dust devil, 1992)]. De mirada atípica e ideas ingeniosas, su cine llamó la atención como el de Gilliam y lo convirtió en una promesa catapultada a la gran industria hollywoodiense. Su oportunidad llegó con la adaptación cinematográfica de la novela de H.G. Wells, La Isla del Dr. Moreau, un proyecto hecho a la medida de sus inquietudes. Otra adaptación literaria, otro rodaje en parajes naturales lejanos –en este caso, Australia– y otra mente brillante pero probablemente poco preparada para el control de las tensiones de un rodaje extremo.



Un primate acompañado de Barbara Steele y Richard Stanley en el rodaje de La isla del Dr. Moreau


El rodaje fue una catástrofe, y no hubo una cámara que lo registrara. Y esta es la mayor limitación de Lost Soul: el viaje maldito de Richard Stanley a la Isla del Dr. Moreau (Lost Soul: The Doomed Journey of Richard Stanley’s Island of Dr. Moreau, 2014), el documental que trata de honrar el nombre de este autor a la vez que de discernir lo que realmente pasó en la selva australiana durante el fallido intento de crear una obra que aspiraba a brillante. La película se establece en clave de testimonios, recogiendo las declaraciones de muchos de los integrantes del equipo técnico y artístico del rodaje, de entre los que destaca el propio Richard Stanley contando su versión del asunto. En el tramo inicial, la narración se centra en su figura, no sólo repasando su corta trayectoria sino estableciendo, en sus propias palabras, las bases del caos que está por venir. El documental crece enteros con Stanley en pantalla, no sólo por ser el cerebro del proyecto y por ser su versión de los hechos la más interesante, sino porque ante la cámara aparece una personalidad inclasificable que va de lo más agudo a lo más etéreo y que combina su talento para la narración visual con un espiritismo desconcertante.



Parte del propósito de la cinta es reivindicar a esta figura, por lo que la burla o la condescendencia queda descartada. Sin embargo, avanza el metraje y el documental toma una decisión similar a la de los productores de La isla del Dr. Moreau. Al igual que estos decidieron prescindir de sus servicios al comprobar que el rodaje estaba estancado y no era capaz de sacarlo adelante, el documental en este momento se desentiende de Stanley para centrarse en el avance del rodaje, que pasó a manos de John Frankenheimer. Decisión entendible pero dolorosa para quien desee saber más acerca de este personaje, y especialmente de cuál era exactamente su visión acerca del proyecto y las ideas que tenía en mente para llevarlo a cabo –escasamente mostradas–.



La segunda parte se convierte, pues, en la crónica de un desastre anunciado. Luchas de egos por parte de los dos actores principales, Marlon Brando y Val Kilmer, ganas de perjudicar a los productores y de entorpecer el rodaje en general, reescrituras del guion sobre la marcha y gastos que no paraban de aumentar. Finalmente, el documental retoma la senda de Stanley y, en su conjunto, se compone como una redención de esta figura extravagante que, de haber estado en otras condiciones, probablemente hubiera convertido esta adaptación en una obra de culto por su calidad y no por esa extraña sensación de desbarajuste enrarecido que la cinta final genera, una mezcla entre interés, repudio y fascinación. El documental no sólo sugiere esta idea, sino que explicita que nada mejoró con la salida de Stanley, lo que podría entenderse como un manifiesto en favor de la capacidad creativa frente a la máquina industrial de cifras económicas que es Hollywood. El eterno tira y afloja entre arte y taquilla.









Boceto de lo que podría haber sido esta película en manos de Richard Stanley

Texto para Cinema ad hoc




Dos genios de la creación cinematográfica se juntaron en 1962 para dialogar a lo largo de una semana. De ese encuentro salió un libro, El cine según Alfred Hitchcock (1966). De ese libro, un documental, Hitchcock/Truffaut (2015). Dirigido por Kent Jones, este film recorre los entresijos de la puesta en escena de uno de los directores más importantes de la Historia del cine, el orondo británico que encontró la fama en Hollywood. Gracias a su virtuosa disección de las claves del cine de Hitchcock, sus escasos 80 minutos son suficientes para entender por qué este hombre fue tan grande (barriga aparte).


Análisis en formato audio




Ballenitas por aquí, cachalotes por allá, Ron Howard ha querido hacer un Master & Commander de intrépida aventura. ¿Lo ha conseguido? En este episodio de Críticas Sobre La Marcha analizo En el corazón del mar (2015), la nueva obra del director de Una mente maravillosa (2001), que cuenta en sus filas con un Chris Hemsworth desposeído de su martillo thoriano. Un film que adapta la historia aparentemente real en la que se basó Herman Melville para escribir su mítica novela Moby Dick.




Si te has quedado con más análisis de alta mar, quizás el siguiente enlace te puede resultar interesante:

Texto para Nokton Magazine





Tras el triunfo arrollador de Amy (la chica detrás del nombre) en el apartado de Oscar al mejor documental, llega a las pantallas españolas Janis, otro documental con nombre de mujer y de solista de carrera fulgurante y efímera. Amy Berg dirige esta pieza de encumbramiento mitómano; un documental demasiado correcto como para encontrar destellos de grandeza en él, pero un excelente repaso a su obra y aspectos personales que más influyeron en esta. Comparto el enlace del texto que le dediqué a esta película en Nokton Magazine:


Texto para Revista Insertos




En Revista Insertos Cine tenemos la sección Re/Propuestas, una mirada al pasado más o menos reciente para rescatar joyas que el cinematógrafo ha tenido la suerte de proyectar y con las que nos ha deleitado. En mi primera participación en este aparato, he escogido Mystic River (2003), una de las mayores obras del legendario Clint Eastwood, que contrapone su estilo elegante a una historia de crudeza y silencios.




Análisis en formato audio



Enmarcada dentro de ese nuevo cine indie estadounidense tan estético, Grandma (2015) es una road movie de corta distancia que reúne a una abuela y su nieta para resolver un asunto espinoso. Julia Garner continúa la senda marcada con Electrick children (2012) y sus rizos rubios se asientan en el panorama alternativo de su país. Lily Tomlin derrocha carisma como veterana que es, y lo hace a las órdenes de Paul Weitz, personaje clave de finales de los 90 por ser el responsable de la, cuanto menos, mediática American Pie (1999).



Análisis en formato audio




Pocos meses después del arrollador estreno de Del revés (2015) llegó la última película de Pixar, El viaje de Arlo (2015). Hermana pequeña de ese año en recursos e historia, es sin embargo claramente superior a su compañera en lo que a narración cinematográfica se refiere. Repertorio de gags visuales que aluden al mejor cine cómico mudo y ponen de manifiesto las carencias de esas tan sagradas leyes sí escritas sobre la estructura del guion clásico.






Si quieres unirte a la disidencia pixaril leyendo más acerca de esta estimable película, te recomiendo los siguientes textos:


Análisis en formato audio




Cuando uno piensa que nada puede salir peor, miente. La Ley de Murphy lo defiende, y Lost Soul: el viaje maldito de Richard Stanley a la isla del Dr. Moreau (2014) lo confirma. El documental relata la auténtica odisea que supuso tratar de rodar La isla del Dr. Moreau (1996) y a duras penas conseguirlo. Un fracaso que había que contar.





Si te has quedado con ganas de saber más acerca de este curioso documental, te recomiendo lo siguiente:


Texto para Revista Insertos



Comparto la cobertura para la Revista Insertos Cine del pase de prensa de El Renacido (2015), la nueva obra de Alejandro González Iñárritu. Sólo un año después de su aclamada Birdman (2014), el mexicano presenta una odisea en la naturaleza salvaje de Estados Unidos, con el conflicto entre indios y colonos como telón de fondo. Otro  film descomunal en lo técnico, pero que deja dudas acerca de su talento cinematográfico.






Y, si te has quedado con ganas de más acerca de esta película, te recomiendo lo siguiente:

La versión oscarizable de La red social



El cine clásico sigue vivo. Aunque ya está cerrada la gloriosa etapa del cine de Hollywood que también recibe este nombre, los estándares de esta manera de hacer películas perviven en lo que se conoce como “cine comercial estadounidense”. Con unas normas tan rígidas, directamente enfocadas hacia la transparencia en el estilo y la homogeneidad en las formas, academicismo y clasicismo se confunden. Artesano y autor conviven en un espacio estrecho en el que el primero se siente cómodo aplicando recursos y el segundo se rompe la cabeza para buscar su sitio sin desentonar. Este modelo disimula las carencias del mandado e infravalora al creador, de ahí que los más talentosos sientan la tentación de dejar crecer sus ramas más allá de la franja, aunque nunca abandonen el tiesto.

Directores como David Fincher han caído en esa jugosa tentación. Este realizador, portento de lo cinematográfico, siempre ha vivido en los lindes del cine comercial, lo que provoca que sus películas tengan más éxito de público que de crítica. Su labor se tiene en gran estima, pero pocos especialistas parecen dispuestos a elevarlo a la categoría de genio, situación que un servidor se esfuerza en denunciar a la menor oportunidad. Si bien su filmografía podría separarse en dos secciones, la más puramente clásica y la formalmente pirotécnica, ambas presentan un corte claramente comercial, término habitualmente peyorativo pero que en este caso poco tiene que ver con la calidad de sus obras sino con su naturaleza mediática.



Fincher sabe a lo que juega, y es consciente de cuándo puede dar rienda suelta a su poderío visual y cuándo debe ceñirse a la estética más mainstream y –sólo aparentemente– anular su estilo. La red social (The Social Network, 2010) es un ejemplo claro. A pesar de su talento y de sus ganas de demostrarlo, el director estadounidense es en todo momento consciente del guion que maneja, y sabe qué tipo de realización necesita lo que escribe Aaron Sorkin. Un caso similar se ha dado recientemente con el estreno de Steve Jobs (2015), dirigida por otro director conocido por su faceta más visual, Danny Boyle. Tras sus últimos tropiezos y la sospecha de que no se dejaría someter a la bendita tiranía de las líneas del creador de El ala oeste de la Casa Blanca (The West Wing, 1999-2006), el autor británico sorprendió por su capacidad para colocarse en segundo plano y, desde las bambalinas, manejar los ritmos de la historia para elevarla a una notable conjunción de recursos de fondo y de forma, que no dejan de estar claramente por debajo del arrollador discurso de Fincher en su adaptación de la vida del creador de Facebook. La contención formal como mecanismo para demostrar el talento autoral.



Pero ni siquiera Fincher se libra de sus ramalazos reivindicativos. Hasta la aparición de Perdida (Gone girl, 2014), una de sus mejores obras y quizás la más infravalorada, ninguno de sus films de corte clásico prescindían de planos o escenas fugaces que liberasen la presión de la olla de talento que el director tiene en su por otro lado fría y calculadora mente. Planos desbordantes, detalles de genialidad, pancartas reivindicativas, lunares de diferenciación que destacan pero desentonan. En su afán por reclamar su hueco en el panorama autoral, Fincher desatina cuando inserta estos caramelos visuales, tan disfrutables como innecesarios. Una filosofía que no sólo desmejora el resultado final, sino que se convierte en la constatación de una manera errónea de entender el concepto de autor, que lo eleva a la superficialidad del plano llamativo, del contraste fotográfico, del estallido luminiscente. Con Perdida parece que realmente ha entendido de qué va el juego, y su trabajo desarma en su franqueza formal.



En un estado similar, pero no acotado a la brevedad de un par de planos rebeldes sino extendido a lo largo de su generoso metraje, vive la nueva obra de Adam McKay, el ya etiquetado como “el director de comedias que se ha pasado al cine serio”. La gran apuesta (The big short, 2015) es carne del buen cine comercial, pero se rebela contra sus estándares y McKay se niega a postrar sus decisiones de realización al propio guion que escribe junto a Charles Randolph. Ambos adaptan el best seller homónimo de Michael Lewis que narraba la crónica de una muerte ocultada del mercado inmobiliario en EE.UU. Tralla contundente, material resbaladizo. La economía es siempre un tema farragoso por su naturaleza y por el afán de los entendidos por convertirla en inaccesible para el común de los mortales. Es por ello que ambos guionistas elaboran una receta de digestión facilitada, una especie de “economía para dummies” que acierta en su capacidad para transmitir conceptos aunque nos tatúe en la frente sin el menor de los disimulos que, en efecto, somos unos dummies.



Y es que hay mucha sorna en el tono de la historia. Los diálogos aspiran a la endiablada velocidad de Aaron Sorkin, sin alcanzarla pero quedándose cerca. La verborrea es gamberra por momentos y encuentra a El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, Martin Scorsese, 2013) en otro de sus referentes, en lo que al desenfreno de las vidas de los corredores de bolsa se refiere. En este aspecto, la distancia frente al referente es todavía mayor. Quizás no haya necesidad, pero tampoco existe el atrevimiento de forzar tanto la máquina. Pero la historia aguanta el tipo sin despeinarse. Tratándose de la crónica del desplome de la banca estadounidense y del fango de inmoralidad en el que vive inmerso este implacable mundo, el centro no deben dejar de serlo los números, los balances y las siglas.



La narración esquiva con soltura su conversión en una clase de universidad y su gran ritmo aplica soltura a la complejidad conceptual que maneja. Sin embargo, el enfoque se trastabilla. McKay no duda en señalar a los culpables de la crisis financiera, y el tono refuerza la crítica, pero es más potente la apariencia que la verdadera denuncia, como si a la hora de la verdad el director y co-guionista pasara de puntillas por los verdaderos asuntos escabrosos del sistema, como si el problema fuera exclusivamente de la gente que controla el poder económico. En la recta final se magnifica el problema con unas dosis de moralina social, tan burda en la forma como en el fondo, como si la película frenara en seco y se girara hacia el público para dejar claro que no apoya lo que está contando. Un gesto de cara a la galería, tan innecesario como grueso, un “for your consideration” academicista que apela a la emotividad de las miles de familias que, de repente y sin explicación aparente, cobran relevancia en una historia que no debería avergonzarse por limitarse a estar centrada en las causas más matemáticas de esta crisis, y sí sentirse orgullosa de su capacidad para levantar el interés de profano servidor en un tema tan espinoso e inhóspito como lo es el de la economía.



Si, a pesar de finalmente desdibujado, el guion destaca sin alcanzar la excelencia, es la forma la peor parada. Retomando el sendero abierto por la obra de Fincher, este director no destaca sólo por las decisiones que toma, sino por las que no toma. Si La red social era cristalina –secuencia de la regata aparte–, La gran apuesta se esfuerza en estropear el mensaje. McKay no está dispuesto a aceptar que el peso de la narración lo lleve el guion, y limitarse a encuadrar las escenas de la manera menos llamativa posible no entra dentro de sus planes. Es por ello que despliega en cada uno de los planos un inexplicable –más allá de lo puesto de moda que está, lo que es injustificable por defecto– y francamente molesto jugueteo con el enfoque, la escuálida profundidad de campo y el constante reencuadre de personajes dentro de planos dolorosamente cortos. Un conjunto de decisiones que ya aparecían en la conversión en imágenes de un libreto tan complejo como el de B (David Ilundain, 2015) y que entorpecían en igual grado la narración de un caso tan complejo y lleno de datos como el de Bárcenas y la caja B del Partido Popular. Ataques de realizador, como el de Patrice Leconte en su fallido y pueril intento de reinventar el melodrama de época desde el reencuadre nervioso de La promesa (Une promesse, 2013), insumisiones de niño caprichoso que levantan una polvareda que se interpone entre la pantalla y la audiencia, marcando en toda la globalidad de sus respectivos metrajes la malinterpretación del concepto de autor.


Análisis en formato audio




El cuarto episodio de Críticas Sobre La Marcha abarca la quinta, y aparentemente última, parte de esta saga de terror en formato found footage (metraje encontrado) . Paranormal activity: dimensión fantasma (2015) es el debut en el largometraje del director Gregory Plotkin, que trata de dar cierre a esta serie de sucesos...paranormales.

Paranormal activity: dimesión fantasma (2015), de Gregory Plotkin




Si quieres saber más acerca de esta película, te recomiendo los siguientes textos:

La odisea que supone asistir a la premiere de Paranormal Activity 5


Críticas en 30 segundos #081 - Paranormal Activity 5