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El corredor del laberinto (2014) - Wes Ball


La literatura comercial es una involuntaria preselección de proyectos cinematográficos. Las productoras no quieren arriesgar, por lo que a la explotación de franquicias se le ha unido la adaptación de Best Sellers. Un fenómeno a la orden del día es el de las distopías juveniles. A las sagas Los Juegos del Hambre y Divergente se les unió en 2014 El corredor del laberinto, que ya tiene secuela en la cartelera española y que juega en esa misma liga de jóvenes buscando salvarse de un ente supremo que los controla en un ambiente hostil. Los personajes son extremadamente planos y un lenguaje cinematográfico manido hasta la extenuación chiva cada nuevo acontecimiento de la trama, pero el interés que suscita un laberinto de mecanismo inquietante salva a la obra y la convierte en lo que pretende ser: entretenida.


No te la puedes perder si:


-adoras al verdadero Gran Hermano.
-te gusta que extiendan una trama en el máximo número posible de entregas.

Ático sin ascensor (2014) - Richard Loncraine


Con un año de retraso y siglos de desinterés llega Ático sin ascensor (2014), en la que Diane Keaton y Morgan Freeman se ven absorbidos por un proyecto que humea a encargo revitalizador de cuentas bancarias. Sendas interpretaciones no marcarán unas carreras ya encumbradas, pero se agradece la seriedad con la que afrontan sus personajes, lo que los convierte en lo mejor de la película. Chispazos de química saltan en sus interacciones, que conforman el retrato reduccionista pero efectivo de una pareja que afronta la tercera edad. El mayor problema nace de una trama que a nadie interesa y que ocupa la parte central del relato. Un tira y afloja de compraventa de pisos que estanca el interés e imposibilita el desarrollo de una relación que logra los únicos momentos salvables de la obra.


No te la puedes perder si:


-te van las películas amables.
-te interesa que una pareja se vea arrollada por la vorágine inmobiliaria (¿?).

Texto para Nokton Magazine



Cuelgo mi debut en la web Nokton Magazine. Se trata de una crítica dedicada a Hermosa juventud (2014), última película de Jaime Rosales, uno de los directores más interesantes del panorama actual español. Un cine afincado en los márgenes de la producción y radicalmente personal. Comparto el link de la página:


Hermosa juventud, de Jaime Rosales

¡Gracias por leer!


Texto para Nokton Magazine




No está colgado en este blog, pero, como autor del mismo que soy, quiero dedicarle una entrada al texto en el que analizo el cine de este desconcertante director español, autor de la que me ha parecido la mejor película de 2014. El texto está publicado en la web Nokton Magazine, y aquí dejo el enlace, para quien lo quiera visitar.


¡Gracias por leer!


The indietation game


Cuando Terrence Malick conquistó el festival de Cannes con El árbol de la vida, lo que no sabía era que también se había convertido en Señor del feudo indie estadounidense. Director de culto, siempre caracterizado por el lirismo de unas imágenes acompasadas por una abundante voz en off, sin embargo inició una maniobra de radicalización formal a partir de La delgada línea roja (1998). Su renovado lenguaje cinematográfico asomaba tímidamente la cabeza, 20 años después de su anterior película, Días del cielo (1978).  Con El Nuevo Mundo (2005) continuó profundizando en su técnica y aró el terreno del que posteriormente brotaría El árbol de la vida (2011), un portento desatado cuya poética fragmentaria del recuerdo de infancia trasciende la Humanidad, el Universo y hasta el Cine.

Entonces, llegaron los premios. Y con ellos, las imitaciones.
Ese poderío visual y su aire profundo encajan con las pretensiones del panorama indie, por lo que ha resultado inevitable la aparición de numerosas propuestas basadas en este lenguaje. Pero, lo que en unos casos consistía en mejoras de un producto con vida propia, en otros se ha explotado como un preciosismo gratuito a falta de algo que contar. En este segundo grupo aparece la ópera prima de Rebecca Thomas, Electrick children (2012), en la que una cassette azul pincha la burbuja religiosa en la que una pareja de hermanos mormones habita. Es ese origen mormón, que la directora comparte con sus personajes, el que le da esperanzas a un relato que promete innovación despojada de tópicos y prejuicios grapados a estas historias. Pero se antoja imprescindible mostrar interés para lograrlo.

Lo que podría suponer un viaje iniciático más allá del manido choque cultural entre fundamentalismo religioso y posmodernidad se convierte, incomprensiblemente, en un torpe encadenado de lugares comunes del cine sobre jóvenes marginales. Por ellos transitan unos personajes de profundidad bidimensional y comportamiento errático, perdidos en el juego de presuntuosidad de una caprichosa puesta en escena. La autora se enfrasca en su propia metarreferencialidad y desestima las posibilidades de su propio trabajo. Perdida en la infinitud de los rizos dorados de Julia Garner quedarán ideas tan estimulantes como la de transmutar sus pensamientos  en grabaciones de voz, a modo de simbólica apertura tecnológica. Un salvavidas con el que tratar de rescatar a un relato que se hunde por el peso de su propia torpeza. Un salvavidas que Thomas desinfla al convertir esa metáfora en literales grabaciones en la ya omnipresente cinta azul. Qué difícil es salir de la zona de confort…

Lo mejor de 2014


En mi condición de amante de las listas, y como ya había ocurrido el año pasado, procedo a presentar lo que, a mi juicio, ha sido lo mejor del año que acaba de finalizar:

1.     Magical girl, de Carlos Vermut
2.     Her, de Spike Jonze
3.     Perdida, de David Fincher
4.     Boyhood, de Richard Linklater
5.     A propósito de Llewyn Davis, de los hermanos Coen
6.     La venus de las pieles, de Roman Polanski
7.     Nymphomaniac volumen II, de Lars von Trier
8.     La isla mínima, de Alberto Rodríguez
9.     El sueño de Ellis, de James Gray
10.  Enemy, de Denis Villeneuve



Y no me gustaría dejar de destacar dos películas que, sin ser redondas, suponen propuestas de gran interés:

-Borgman, de Alex van Warmerdam.
-Los canallas, de Claire Denis.

Luna eclipsada




        El desdén en la puesta en escena que Woody Allen viene arrastrando desde hace tiempo no le ha impedido arrancar destellos de genialidad a su último e imperfecto cine cómico. Incluso cuando esto no ocurre, el desbordante humor de sus textos salva la función. Por tanto, no deja de sorprender la cálida vacuidad que envuelve a su nueva escapada europea, Magia a la luz de la luna (2014).

        Dentro de su habitual desazón humorística ante el vacío post-mortem, en este caso el director neoyorquino pasa a debatirse entre gélido escepticismo y fe primaveral -como si, a estas alturas, se cuestionara sus propias convicciones. Prima hermana de Scoop (2006) en su ligereza conceptual, sin embargo la película pretende ajustarse un traje de superflua trascendencia sobre su evidente cuerpo de comedia. Su redundante desarrollo termina de desgastar unos planteamientos potencialmente cómicos, pero marchitados por ese innecesario afán reflexivo.

        Nuevamente detrás de la cámara, Allen cede los momentos más paródicos a una delgaducha gesticulante de gigantes ojos expresivos y sutil belleza en su desenfadado porte. El contraste entre esta deslumbrante Emma Stone y el amargado galán Colin Firth sólo llega a recordar a esa química entre personajes que caracteriza a las mejores obras de este pequeño director. En esta ocasión, el también guionista se suma al juego ilusionista e intenta engañar al espectador un romance construido a golpe de Real Decreto de Guion. Como viene siendo habitual, la película se teje, más bien, a partir de fogonazos de lucidez subconsciente por parte de un maestro ya demasiado acostumbrado a poner el piloto automático. La desidia del genio crea una película tan amena como intrascendente, con el mérito y el tirón de orejas que ello implica.

El western desubicado


      La fascinación del ser humano por la naturaleza no encuentra barreras en el lenguaje cinematográfico. El brillo poético de Malick se complementa con la belleza oscura de Reygadas, que puede evolucionar hasta las siniestras profundidades del tándem La isla mínima-True Detective (2014). En su quinto largometraje, Jauja (2014), Lisandro Alonso opta por plantear un desolador desierto argentino como indescifrable laberinto paradójico que fagocita almas a la deriva.

     El estatismo tarkovskiano de estos personajes se potencia con constantes planos fijos generales, que los anclan al paisaje. Si la composición y proporciones de encuadre destilan la esencia pictórica del cine mudo, es la textura fotográfica del kaurismäkiano Timo Salminen la que enfila el western clásico. Toda una maniobra de contención que contrasta con su elíptico desarrollo, cosido con un aberrante hilo conductor espaciotemporal en forma de lynchiano soldadito de plomo, edición de bolsillo del Monolito de Kubrick.

           Pero, en su afán de hipnótico simbolismo, esta sugerente propuesta formal termina demasiado acomodada en el enigma evocador. Por el camino se desmigaja una esquemática historia fragmentada entre la barbarie colonizadora y el naufragio existencial. Prescindiendo de la narrativa convencional, también fracasa en su apuesta sensorial de tintes oníricos, que, si bien se atisba, no logra transpirar a través de los poros rocosos de su exuberante armazón estético.

Efervescencia

 

       En el momento en que despunta un personaje secundario –habitualmente, cómico-, está condenado a sufrir la inevitable maniobra comercial del spin-off (trama derivada). El éxito de estos roles reside en su inherente simplicidad, por lo que pasar a protagonizar una trama implica carencias de guion difícilmente salvables. En el caso de Los Pingüinos de Madagascar (2014), sus personajes se dieron a conocer con Madagascar (2005) y, posteriormente, pasaron a la pequeña pantalla con diversos cortos y una serie de animación, que sigue en emisión. Su producto cinematográfico no escapa de estos males implícitos, pero destaca por la frescura de sus propuestas.

Adiós al lenguaje (cinematográfico)


El cine de Christopher Nolan lleva años estancado en una encrucijada conceptual. Acomodado en su posición de nuevo Rey Midas cinematográfico, se niega a renunciar a la etiqueta de “autor” que cosechó en sus inicios (Following (1998), Memento(2000)). Esta avaricia estilística nace del complejo de superficialidad que le provoca su incapacidad para trascender en un cine de mayorías (en contraste con su compañero de generación, David Fincher). En su última propuesta, Interstellar (2014), su habitual indefinición discursiva se ve agravada por la ambición de semejante proyecto, que potencia todas sus carencias y acentúa sus tics más molestos.

Animación social


Candados en los contenedores impiden la recogida de alimentos aún comestibles. Protuberancias en los bancos de las marquesinas y multas criminalizan dormir en la calle. Triángulos amarillos en sus ropas los denigran y señalan como a los nuevos judíos. Los indigentes, ese espejo en el que se reflejan las desigualdades del estado del bienestar, que éste prefiere eliminar que solucionar, haciendo suya la máxima de que, si no se ve, no existe. Semejante panorama queda reflejado en una película aparentemente liviana como Los Boxtrolls, la nueva entrega del estudio LAIKA (artífice de algunas de las películas de animación más importantes de los últimos años, como El alucinante mundo de Norman (2012) o, especialmente, Los mundos de Coraline (2009)), la cual, sin embargo, no renuncia a la diversión y la animación más frescas para trazar sus planteamientos.

La calmada extrañeza del terror anticlimático


      La comedia autoconsciente ha conseguido construirse su propio nicho dentro del cine de terror. Desde las más gamberras (saga Scary Movie) a las más ingeniosas (La cabaña en el bosque, 2012), el objetivo reside en ridiculizar tópicos absurdos o sorprender variándolos. John muere al final, sin embargo, parece transitar senderos paralelos, enarbolando una propuesta más comedida, extraña e inteligente de lo esperado. 

Constante momento presente


    El imparable paso del tiempo ha sido siempre un motivo recurrente en las diferentes disciplinas artísticas. En palabras del fotógrafo francés Jacques Henri Lartigue, “La vida es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa”. Richard Linklater (Waking life, 2001; Escuela de rock, 2003) plasma, en un tono menos entusiasta, la esencia continuamente transformante y transformable de la vida. 


Todo lo que Christopher Nolan siempre quiso hacer y nunca se atrevió a rodar


    El afán de David Fincher por aprovechar el metraje e introducir lo antes posible al espectador en la dinámica de la película roza límites insospechados. Si en La red social (2010) los riffs de Jack White se colaban durante la presentación de la productora para introducir la famosa escena del bar, en Perdida (2014) elabora un rápido collage de la ciudad en la que tendrá lugar la acción, apenas una ráfaga de imágenes de la que a duras penas se extrae la primera capa de información. Una inteligente metáfora del juego al que se dispone a jugar. Porque, sin duda, es su juego y son sus reglas, y esta vez toca el juego de las apariencias.
Aterrizaje frustrado

     La hierba mecida al son de una ráfaga de aire, un mechón de pelo que baila en el flequillo de una niña, el débil reflejo del amanecer en las tejas, el juego de sombras en una habitación de madrugada, una espina de pescado como inspiración aeronáutica. Detalles, todos ellos aparentemente insignificantes, pero que, en manos de Hayao Miyazaki (Mi vecino Totoro, 1988; La princesa Mononoke, 1997), consiguen albergar pequeños atisbos de vida, logrando condensar el desbordantemente mágico mundo interior de este maestro de la animación, lo que le otorga, a su película más realista, una tan fascinante como paradójica vitalidad.



Las pantanosas raíces del mal


    El cine de Terrence Malick la retrata como el máximo exponente de pureza, como ese eterno Edén a alcanzar (Malas tierras, 1973; El Nuevo Mundo, 2005). El de Carlos Reygadas, sin embargo, se decanta más por la dualidad de su esencia (Japón, 2002; Post Tenebras Lux, 2012). Éste último es el camino que Alberto Rodríguez (Grupo 7, 2012) toma para plasmar su idea de Naturaleza: ese lugar tan bello como siniestro, en el que sus espectaculares paisajes quedan irremediablemente matizados por su inherente salvajismo, que oscurece todo lo que alberga, funcionando como un personaje más, el más relevante, el más temible.

La insorportable decadencia del ser


     El juego con los esquemas de los géneros cinematográficos (carcelario, road movie, western, etc.) es una constante en el cine de Jim Jarmusch, apasionado de la música (actual guitarrista de “SQÜRL”, grupo que firma la banda sonora de esta película), elemento con el que recubre todo lo que filma, creando microcosmos melódicos de corte nostálgico, de reminiscencia poética (no en balde, frustrado poeta) y minimalistas, plagados de referencias culturales, incluso a su propio cine, en un juego de sofisticada pedantería del que no siempre sale triunfante. En su última entrega, se sumerge en el subgénero de vampiros, obteniendo un resultado dispar.

La telaraña del espejo roto

      Desde hace unos años, vienen tomando el relevo generacional del cine canadiense dos directores de estilo especialmente llamativo: Xavier Dolan (más experimental) y Denis Villeneuve (más sobrio, y, quizás, menos efectista). Sin duda, dos referentes dispuestos a marcar tendencias y revolucionar la Historia del Séptimo Arte. El segundo, en lo que ha supuesto su segunda película estrenada en seis meses (previamente, Prisioneros, 2013) y su segunda colaboración consecutiva con el actor Jake Gyllenhaal, despliega todo su potencial visual y desarrolla una inquietante y alegórica película, que a nadie deja indiferente.

La tarantinización de Scorsese




Las historias de ascenso y caída de antihéroes pueblan la filmografía de Martin Scorsese, obsesionado con los valores estadounidenses, el vacío moral del “Sueño Americano” y la cultura del poder que se ha establecido en ese país. Consagrado por sus historias de la mafia, en este caso pasa a narrar la vida del desalmado tiburón financiero Jordan Belfort, en lo que supone una traslación literal de sus propios moldes narrativos, que deja un poso de repetición, de estancamiento, o, incluso, de narcisismo.
 
El machista ambiente bursátil sirve de excusa perfecta para mostrar los trapos sucios de las personas que lo pueblan, y es aquí donde el director italoamericano sorprende, al llevarlo hasta el extremo y mostrar un mundo de absoluta depravación y excesos, en el que el sexo y las drogas son la única vía de escape para soportar la dinámica de vida. Un planteamiento al que le sienta muy bien el punto cómico que se le aplica, pero que no llega a convertirse en una sátira, quedándose en un punto intermedio entre la crítica y la amoralidad, pecando de indefinición y cayendo en un vacío de reiterativa superficialidad, como si nadie le hubiera dicho a este pequeño director que los excesos debían limitarse al texto.

Scorsese, en un acto de adoración a sí mismo, ha sido incapaz de separarse de su propio estilo, y no le ha dado la oportunidad a la historia de tener vida propia y profundizar en sus planteamientos, siendo puesta a disposición de la forma, en lo que supone un ejercicio de esteticismo vacío y descompensado. A pesar de los constantes esfuerzos de un portentoso Leonardo DiCaprio, arrollador y en estado de gracia, éste se ve perdido en un mar de travellings veloces, montajes frenéticos y ralentís que difícilmente encuentran justificación, y que, más allá de demostrar la maestría formal de su director, que, muy de vez en cuando, da en el clavo y enarbola secuencias de puro cine, confirman que sigue anclado en sus éxitos pasados, incapaz de evolucionar.

Nota: 6.

Fotografías de barro



La llegada al poder de los Jemeres Rojos en Camboya (que pasó a denominarse Kampuchea Democrática) es el punto de partida de este relato sobre el aciago destino que sufrió su población durante el que se conoce como "Genocidio Camboyano", en el que el director de este documental, Rithy Panh, cuenta, en primer persona, sus terroríficas vivencias de infancia (aunque narrado por el actor Randal Douc), en lo que supuso uno de los más terribles y desconocidos sucesos de la Historia de Oriente, como ya lo hiciera el interesante documental The act of killing (2012) con el exterminio indonesio.