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Episodio del podcast dedicado a Taxi Teheran (2015), cinta ganadora del Oso de Oro en el último festival de Berlín. Dirigida por por el iraní Jafar Panahi, la película se establece como un falso documental que aborda con ingenio los principales problemas de la sociedad de su país y torea a la censura de su estricto gobierno. 

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La primera crítica de este podcast aborda la película chilena El Club (Pablo Larraín, 2015), una poderosa obra sobre los trapos sucios de la Iglesia y las diferentes maneras de entender las normas de la jerarquía eclesiástica. El autor continúa indagando en las secuelas de la dictadura de su Chile natal, tras la poderosa reflexión acerca de cómo el lenguaje publicitario enturbió la política para vencer al régimen de Pinochet en  No (2012).

El Club (2015), de Pablo Larraín 




Si te interesa profundizar en esta película, te recomiendo los siguientes textos:


Texto para MySofa


Comparto mi cobertura del pase de prensa de El Club (2015), publicada en el medio digital MySofa. Cine chileno que hiela la sangre siguiendo la estela del mexicano Carlos Reygadas. 




Y siempre puedes echarle un ojo a la versión reducida, en 30 segundos:

Críticas en 30 segundos #073 - El Club

El Club (2015) - Pablo Larraín


La naturaleza es pura belleza, pero no deja de ser un ambiente salvaje, lo que la convierte en potencialmente hostil. De esto sabe mucho Carlos Reygadas (Post tenebras lux, 2012) Su cine gira en torno a este concepto, que es la piedra angular del nuevo proyecto de Pablo Larraín (No, 2012). En El Club (2015), el director chileno narra la oscuridad que cierne los idílicos parajes costeros. Con una cuidada fotografía de corte sombrío y filmada en gran angular, desarrolla una trama acerca de la hipocresía de la Iglesia como institución y de cómo la penitencia se convierte en postureo. El tono enferma de perversión a medida que se descubre la personalidad de los protagonistas, y las campanadas de Arvo Pärt coronan el clímax. Pulsiones irreprimibles y un silencio que destroza en su impasibilidad. Porque la naturaleza es oscura y alberga horrores.


No te la puedes perder si:


-te interesa la nueva ola de cine chileno.
-aspiras a ver las mejores películas del año.

El idealismo, un "sin papeles" más en el país de la realidad



     Duerme el monstruo, y pasa desapercibido ante el incauto extraño. Tapas metálicas golpean el suelo, melodía del caos. El monstruo despierta y abre las conciencias de los ignorantes foráneos. La ira del oprimido golpea con odio y el IRA aprieta el gatillo. La boca del lobo nunca fue tan accesible. Más de uno se preguntará qué está pasando; alguno morirá antes de poder hacerlo. Buscar culpables sería demasiado fácil, pero solucionar el problema no está al alcance de una mano que sujeta el fusil. Retirada preventiva frente al horror de la realidad recién descubierta, aunque lleve siglos enquistada. Quizás un lanzallamas no apague la hoguera.

’71 (2014), primera película para cine de Yann Demange (Dead Set: muerte en directo, 2008), se zambulle en los años más turbulentos del conflicto militar norirlandés. La película no busca explicaciones ni contextualización, lo que puede dejar en fuera de juego al espectador desinformado. Esta apuesta por el camino difícil se potencia al atreverse a plantear la situación como algo más que una batalla entre buenos y malos. Su alejamiento del discurso fácil culmina con la presentación de ambos bandos como auténticas mafias más interesadas en el poder que en sus ideales. El peligro se hace omnipresente y las asfixiantes atmósferas tornan el laberinto de callejuelas nocturnas de Belfast en un enorme callejón sin salida. 

Sin embargo, el desarrollo de la trama se decanta por el thriller puro, lo que relega todo lo anteriormente expuesto al plano más superficial. Decisión perfectamente válida, pero que revela unas verdaderas intenciones más convencionales de lo inicialmente planteado. En cambio, lo que sí supone un auténtico error es desaprovechar su contexto sociopolítico, que funciona más como excusa narrativa que como impulso dramático. Pocas situaciones darían más intensidad y generarían más tensión a la narración que ésta, pero la película no parece dispuesta a reducir su frenesí de forma y fondo. Incapaz de darse la pausa suficiente para encontrar el tono adecuado para cada escena, la narración se convierte en un correcalles plagado de endebles giros de guión difíciles de procesar. 


      En su enfoque desde el punto de vista de un soldado británico, la película se posiciona como un alegato antimilitarista que describe al ejército inglés como brazo armado de la facción norirlandesa afín a la Corona Británica. Nuevamente, promete más de lo que concede, pues se limita a la superficial denuncia de la instrumentalización política de las fuerzas armadas. Su despiadada apuesta por el bien común recuerda al desencanto de la Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers, 2006) de Clint Eastwood y su “dijeron que nunca dejarían a nadie atrás”. Toda una serie de propuestas jugosas y desaprovechadas por un thriller que comete el error de no confiar en el material que maneja.