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Análisis en formato audio




Ballenitas por aquí, cachalotes por allá, Ron Howard ha querido hacer un Master & Commander de intrépida aventura. ¿Lo ha conseguido? En este episodio de Críticas Sobre La Marcha analizo En el corazón del mar (2015), la nueva obra del director de Una mente maravillosa (2001), que cuenta en sus filas con un Chris Hemsworth desposeído de su martillo thoriano. Un film que adapta la historia aparentemente real en la que se basó Herman Melville para escribir su mítica novela Moby Dick.




Si te has quedado con más análisis de alta mar, quizás el siguiente enlace te puede resultar interesante:

En el corazón del mar (2015) - Ron Howard



El mito de la ballena gigante es el punto de partida de En el corazón del mar (2015), que adapta el libro que relata la historia en la que a su vez se basó el clásico de la literatura Moby Dick. Ron Howard dirige el proyecto que se propone llenar la pantalla de cetáceos colosales de destrucción náutica, y lo hace desde la perniciosa decisión de la multifilmación. Cada escena se rueda con varias cámaras a la vez, por lo que en cada uno de los encuadres se evidencia el nulo interés por la puesta en escena, lo que deriva en una narración pobre, a ratos poco clara, que desaprovecha la vibrante historia que podría haber sido. Y es que, cuando todo se confía a la construcción mediante montaje y a la conquista por saturación de efectos especiales, hasta el golpe fortuito de un humilde caballito de mar provoca el naufragio de este navío cinematográfico.



No te la puedes perder si:


-te apasionan las ballenas y todo bicho marino.
-quieres avivar el debate acerca de por qué Ron Howard tiene un Oscar.

Operación U.N.C.L.E. (2015) - Guy Ritchie


En apariencia, nada ha cambiado. La música mantiene su flow, las piruetas de montaje están a la orden del día y los giros de guion son la constante en la narración. Guy Ritchie, probable heredero de Tarantino en la seducción por conjunción de motivos cool, ha vuelto a los senderos de gloria de Snatch, cerdos y diamantes (2000), esos del frenesí estiloso en el motor y la chulería desenfadada en la carrocería. Requerimientos de adaptación cercenan el humor, pero sólo el negro. Sin embargo, el suflé se hunde, la química entre personajes va al ralentí y una inexplicable sobreexplicación de detalles de trama permiten seguirla con un ojo en la gran pantalla y otro en la pequeña, la del móvil -quizás otra adaptación, a las nuevas generaciones-. El director británico sigue jugando a plagiar sus buenos tiempos, como si ser y parecer tuvieran el mismo significado. 


No te la puedes perder si:


-quieres pasar un rato molón.
-crees que Guy Ritchie nunca se fue. O sólo a buscar tabaco. 

Río Bravo (1959) - Howard Hawks


Hay cierta ligereza en el cine de Howard Hawks, director que lleva los límites de la screwball comedy de La fiera de mi niña (1938) a la levitación exaltada, o que se plantea cómo sería combinar el material de cine negro de El sueño eterno (1946) con las reglas de la screwball. Más que con las formas, Hawks juega con los tonos y los ritmos, y el poso es de ligera falta de seriedad. Es como si no se tomara en serio su propio cine, lo que suena mal, pero es fantástico. Esto ocurre en Rio Bravo (1959), western con todas las papeletas para un crucero por la turbidez, pero que encuentra su aderezo en la ligereza del tono y la rapidez del ritmo. Una película pensada y trabajada, que le da peso a la situación que lo requiere, pero que no desaprovecha la menor oportunidad de zambullirse en la comedia. 


No te la puedes perder si:


-no te contentas con un western de tiros.
-siempre has renegado de este género y quieres reconciliarte con él.

El trompetista (1950) - Michael Curtiz



Casablanca (1942), la que probablemente sea la película más famosa del Cine Clásico, selló con letras doradas el nombre de Michael Curtiz en la Historia del Cine, pero ensombreció el resto de su filmografía. Una de esas obras malparadas es El trompetista (1950), cine negro sin asesinatos ni detectives, pero con femme fatale -Lauren Bacall- y ambientes nocturnos igual de destructivos. La fluidez narrativa de Curtiz adopta la soltura del jazz, al que coloca como gran protagonista, condenando a la elipsis a muchos momentos de la historia de este artista -Kirk Douglas-. El film se estanca precisamente cuando la música pasa a un segundo plano, y la resolución de la trama flojea. Aunque imperfecta, una obra compacta, cuya personalidad destila momentos de brillantez que no se sienten en la perfección algo insípida de su obra cumbre.

No te la puedes perder si:


-el jazz es tu religión.
-te irrita el exitazo de Casablanca y necesitas motivos para justificarlo.

Magic Mike XXL (2015) - Gregory Jacobs


Lección aprendida. Los errores de la primera entrega se subsanan en esta secuela, que, esta vez sí, lleva hasta el final su potencial. Primer requisito: no tomarse en serio a sí misma. El tono destaca por su desenfado y saca comedia de cualquier situación. Sorprende el conjunto cómico, mezclando la broma más evidente con la sutileza de juegos de palabra o del humor subtextual. Todo es diana para la socarronería, y ningún personaje se libra de esta gustosa quema. No sólo no quedan desacreditados, sino que la película se acerca a los mismos, los descubre y los respeta. Entre bromas, por supuesto. Carrusel de gags en una de las sorpresas de la temporada.


No te la puedes perder si:

-te apetece una sesión de desencajado de mandíbula.
-no te atreviste a romper tabúes viendo la primera entrega.

San Andrés (2015) - Brad Peyton


El cine de catástrofes destaca por la espectacularidad de sus efectos especiales y por lo apocalíptico de las situaciones. Pero la causa más probable de su éxito de taquilla esté en su capacidad inherente para empatizar con el público. La Humanidad, o buena parte de ella, está en peligro de extinción, por lo que el instinto de perpetuación de la especie atraviesa la pantalla e impregna a la audiencia. San Andrés (2015) es buena prueba de ello. Con un guion que es mejor no pararse a analizar, su poderío está en las situaciones límite que plantea. La geología impide que sea Manhattan la ciudad a destruir. Toman el relevo Los Ángeles y San Francisco, que quedan preciosas al final de la historia. La película está plagada de tópicos y lugares comunes, los giros son flojos y el final es patrióticamente rancio, pero su despliegue técnico te mantiene pegada al asiento.


No te la puedes perder si:


-entiendes el cine como un espectáculo de luz y de sonido.
-necesitas una dosis de "¡¡¡sálvese quien pueda!!!".

La honestidad vence, sin necesidad de convencer


Sí, ésta es otra crítica que mencionará al bebé de plástico de El francotirador (American Sniper, 2014, Clint Eastwood), que, por mediático, ni siquiera necesita presentación. La anécdota ha revolucionado la red, provocando una avalancha de tuits comentando lo sucedido y de reproducciones del fragmento clave en Youtube. La clamorosa situación parece merecer tal revuelo, pues no termina de entenderse cómo se ha podido cometer un fallo tan escandaloso. Todas las miradas parecen puestas en esta anécdota, que ha sido considerada un gran perjuicio para el desarrollo de la escena y que ha eclipsado a los demás elementos de la película. Llamativa es, y, desde luego, no beneficia al film per se. Sin embargo, este crítico no lo ve como nada más que un detalle menor de escasa relevancia y, es más, por rocambolesco que parezca, este texto se propone reivindicarlo.

Que no cunda el pánico: no se trata de una apología de la imperfección; tampoco de una apuesta por la frivolidad extravagante. Simplemente, resulta notorio, eficaz, y hasta valiente, que Clint Eastwood haya decidido tomar esta decisión tan pragmática. “El rodaje no va a parar por un bebé con gripe”, parece ser su mentalidad. Esta actitud demuestra seriedad y claridad de ideas, pues retrata a un director que va al grano y no se detiene en nimiedades, a las que trata como tales. Y la resolución de este incidente funciona como un fiel reflejo de lo que es esta película: la narración de lo imprescindible. Eastwood sabe lo que quiere contar, y esa búsqueda de lo esencial se refleja en la austeridad formal de cada escena, que no por sencilla se convierte en simple. El uso de las elipsis también pasa desapercibido, pero la tijera se aplica con firmeza, y únicamente pasa el corte lo que el espectador realmente necesita saber. Sólo así se consigue que a una película de más de dos horas de metraje no le sobren planos.


Y sí, esta crítica también se detendrá a pormenorizar la controvertida ideología de la película. Pero no, tampoco se dedicará a defenestrarla por ello. No sorprende encontrar un enfoque patriótico y conservador en el cine de Clint Eastwood. Sin embargo, si por algo destaca su discurso es por la honestidad con que lo desarrolla. El director muestra todas sus cartas desde el inicio y no se esconde nada, quizás porque no se avergüenza de pensar lo que piensa ni de defenderlo abiertamente. Sus ideas están bien definidas, sin que por ello queden exentas de matiz o reformulación. No es la primera vez que trata el tema en sus películas, y, si bien su defensa pro belicista es evidente, nunca es sectaria. En ella, la autocrítica brilla por su presencia. Al igual que Carl Theodor Dreyer (La pasión de Juana de Arco (La passion de Jeanne d'Arc, 1928), Dies Irae (Vredens dag, 1943)) abordaba la religión como creyente crítico con su propia fe, Eastwood expone sus ideales siempre abriendo la puerta al debate. Si ya en el díptico Banderas de nuestros padres (Flags of our fathers, 2006) - Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006) cuestionaba los entresijos de la guerra y la institución militar, en este caso la defensa de su protagonista no está exenta de duda. Eastwood lo retrata como el héroe nacional en que se convirtió, y en su discurso se aprecia una serena alabanza hacia sus méritos militares, pero el director no deja de plantearse si estos propios actos son los adecuados, al exponer las consecuencias de los mismos. 


Es precisamente esta honestidad la que permite que esta crítica ensalce el trabajo del director californiano. La ideología destilada difícilmente casará con la del autor de estas líneas, pero los valores morales no están reñidos con la calidad cinematográfica. La personalidad que demuestra Eastwood para profundizar en sus ideas sin disimularlas es la que le permite desarrollar su discurso sin manipular a la audiencia para ponerla de su lado. Es este acto de humildad el que deja en evidencia a otras películas, como la reciente Whiplash (Damian Chazelle, 2014), que defiende a capa y espada unos ideales –las virtudes del Sueño Americano, concretamente-, sin hacerlo abiertamente. En ese caso, se recurre a la manipulación emocional y a la distracción por medio de la música para transmitir subliminalmente el enfoque de la historia. Clint Eastwood no comete ese error; el veterano realizador no se esconde y respeta a su audiencia, consiguiendo triunfar incluso entre aquéllos a los que no convence. 

Adiós al lenguaje (cinematográfico)


El cine de Christopher Nolan lleva años estancado en una encrucijada conceptual. Acomodado en su posición de nuevo Rey Midas cinematográfico, se niega a renunciar a la etiqueta de “autor” que cosechó en sus inicios (Following (1998), Memento(2000)). Esta avaricia estilística nace del complejo de superficialidad que le provoca su incapacidad para trascender en un cine de mayorías (en contraste con su compañero de generación, David Fincher). En su última propuesta, Interstellar (2014), su habitual indefinición discursiva se ve agravada por la ambición de semejante proyecto, que potencia todas sus carencias y acentúa sus tics más molestos.

La vida es sueño


Desde hace casi una década, el cine de Christopher Nolan se viene decantando notoriamente por la acción más espectacular, pero, a pesar de que sus prometedores inicios apuntaban hacia algo más personal, las historias siempre han sido un referente innegociable en sus proyectos, dando lugar a productos que estimulan la vista y el cerebro, alcanzando, con Origen (2010), su obra más ambiciosa hasta la fecha (a la espera de Interstellar (2014)).