Últimas entradas

Mostrando entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas



Texto para Cine Divergente




El pasado viernes se estrenó la última película de Woody Allen, de nombre Café Society (2016). El responsable de Magia a la luz de la luna (2014) sitúa la acción entre Hollywood y Manhattan, ciudades que le dan pie a desarrollar una historia melancólica sobre desamores. El autor nos tiene acostumbrados a un ritmo de una película al año, lo que repercute en una puesta en escena descuidada. Sin embargo, esta vez lo que más luce es lo cuidada que esta resulta, hasta el punto de convertirse en la protagonista de la cinta. Un trabajo formal en el que destaca la buena mano de Vittorio Storaro, gran director de fotografía que se ha encargado de desarrollar esta propuesta, lo que plantea la duda de hasta qué punto es una película de Allen y hasta qué punto es realmente de Storaro. Una cuestión de capital importancia, pues lo principal en esta obra es la puesta en escena, así que en este texto que he escrito para Cine Divergente me he centrado en esta reflexión. Bajo estas líneas, el enlace a dicha disertación:


Luna eclipsada




        El desdén en la puesta en escena que Woody Allen viene arrastrando desde hace tiempo no le ha impedido arrancar destellos de genialidad a su último e imperfecto cine cómico. Incluso cuando esto no ocurre, el desbordante humor de sus textos salva la función. Por tanto, no deja de sorprender la cálida vacuidad que envuelve a su nueva escapada europea, Magia a la luz de la luna (2014).

        Dentro de su habitual desazón humorística ante el vacío post-mortem, en este caso el director neoyorquino pasa a debatirse entre gélido escepticismo y fe primaveral -como si, a estas alturas, se cuestionara sus propias convicciones. Prima hermana de Scoop (2006) en su ligereza conceptual, sin embargo la película pretende ajustarse un traje de superflua trascendencia sobre su evidente cuerpo de comedia. Su redundante desarrollo termina de desgastar unos planteamientos potencialmente cómicos, pero marchitados por ese innecesario afán reflexivo.

        Nuevamente detrás de la cámara, Allen cede los momentos más paródicos a una delgaducha gesticulante de gigantes ojos expresivos y sutil belleza en su desenfadado porte. El contraste entre esta deslumbrante Emma Stone y el amargado galán Colin Firth sólo llega a recordar a esa química entre personajes que caracteriza a las mejores obras de este pequeño director. En esta ocasión, el también guionista se suma al juego ilusionista e intenta engañar al espectador un romance construido a golpe de Real Decreto de Guion. Como viene siendo habitual, la película se teje, más bien, a partir de fogonazos de lucidez subconsciente por parte de un maestro ya demasiado acostumbrado a poner el piloto automático. La desidia del genio crea una película tan amena como intrascendente, con el mérito y el tirón de orejas que ello implica.