LOS PINGÜINOS DE MADAGASCAR (2014) - Simon J. Smith

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Efervescencia

 

       En el momento en que despunta un personaje secundario –habitualmente, cómico-, está condenado a sufrir la inevitable maniobra comercial del spin-off (trama derivada). El éxito de estos roles reside en su inherente simplicidad, por lo que pasar a protagonizar una trama implica carencias de guion difícilmente salvables. En el caso de Los Pingüinos de Madagascar (2014), sus personajes se dieron a conocer con Madagascar (2005) y, posteriormente, pasaron a la pequeña pantalla con diversos cortos y una serie de animación, que sigue en emisión. Su producto cinematográfico no escapa de estos males implícitos, pero destaca por la frescura de sus propuestas.


         Los brochazos iniciales de crítica social apuntan a una ruptura del orden establecido que sutilmente plasmaba la destacable Los Boxtrolls (2014). Sin embargo, como ya ocurría en otro spin-off del estudio Dreamworks (El gato con botas, 2011), su autoimpuesta condición de película menor limita sus aspiraciones a convencer con su humor y aprovechar el tirón mediático de sus carismáticos animales. Como consecuencia, la inconsistente trama da vueltas sobre sí misma, buscando excusas para prolongar las peripecias de estas clownescas aves y olvidándose de encontrar una motivación de peso para su insustancial antagonista.

       Pero lo que la diferencia del felino espadachín y la convierte en un producto estimable es el desbordante humor que trenza. Su ritmo frenético, aunque descontrolado, bombardea la pantalla con hilarantes gags de varias capas de profundidad. Sin llegar a innovar, acierta en el tono autoparódico y el humor metarreferencial de clásicos del género como Aterriza como puedas (1980) o Top secret (1984), en una suerte de plumíferos hermanos Marx en labores de espionaje. Una película que desaparece según tiene lugar, pero sembrando carcajadas a su paso.
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