LA BODA DEL MONZÓN (2001) - MIRA NAIR

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Culebrón hindi




Viajamos a 2001 y embarcamos en una góndola para recorrer los canales del Festival de Venecia. Por el Palazzo del Cinema desfilan nombres como los de Ulrich Seidl, Walter Salles, Babak Payami, Philippe Garrel, Larry Clark, Alfonso Cuarón, Alejandro Amenábar, André Techiné, Ken Loach, Kim Ki-duk, Richard Linklater, etc; cineastas emergentes, autores en plena madurez o encarando la recta final de su filmografía. La ciudad italiana se llena de talento cinematográfico para celebrar la 58ª edición del festival de cine más antiguo del mundo. Un certamen cuyo máximo premio no ganaría ninguno de los anteriormente citados. En una decisión controvertida y exenta de unanimidad por parte del jurado presidido por el actor y director Nanni Moretti, el León de Oro a la mejor película fue otorgado a La boda del monzón, de la realizadora india Mira Nair. Una polémica que entiendo, comparto y reivindico.



De formación universitaria en su país natal, pero especializada en asuntos cinematográficos en nada menos que la estadounidense universidad de Harvard, Nair se ha desarrollado como persona entre estos dos mundos, lo que se refleja en una obra diversa que apunta a la mezcla de culturas. Las comodidades del estilo de vida estadounidense no han difuminado su fijación por sus tradiciones; entre sus planes no entra pasar página. Tras un debut con una producción india –Salaam, Bombay!, 1988–, sus dos siguientes obras las realizó con capital estadounidense –Mississippi Masala, 1991; Cuando salí de Cuba, 1995–, para nuevamente volver a sus raíces, donde rodó sus cuarto y quinto films –Kama Sutra, 1996; y la película que nos ocupa, La boda del monzón, 2001–. La directora ha alternado producciones indias con estadounidenses, en una filmografía que supera la docena de obras y que ha condimentado con algún escarceo francés, canadiense y mexicano.



Mira Nair se interesa por la sociedad india de clase media-alta, esa que en aquel 2001 ya empezaba a tener acceso a internet y cuyos patriarcas hacían negocios en el contexto de una partida de golf. Una sociedad de raíces indias y religiosidad inherente, pero de aperturista frente a las influencias de occidente. Sabrina Dhawan escribe el guion y escoge la celebración de una boda concertada como telón de fondo para desarrollar una serie de tramas paralelas que convergen en la ceremonia final. Historias solapadas, que van de la mano en ciertos momentos, pero que nunca se cruzan para formar tramas comunes –como ocurre en los tres primeros guiones de Alejandro González Iñárritu, por poner un ejemplo representativo del concepto, pero que nada tiene que ver con esta propuesta–.



Los picos y los pozos de La boda del monzón son responsabilidad directa de su autora. La obra acierta en construirse desde la mirada femenina, la de la propia realizadora, que, sin establecer un alegato feminista, da pie a un mayor desarrollo de estos personajes. Hay mayor comprensión sobre sus actitudes y un necesario respeto hacia sus respectivas personalidades, y destaca una valiente denuncia de pederastia en un cine habituado a la blancura tonal. Méritos que, siendo reivindicables, no pasan de la corrección. Y es que uno no termina de entender la relevancia que se le ha otorgado a una cinta que desaprovecha sus virtudes y cae en el fango de la realización telefílmica.



Es cierto que el exotismo de las tradiciones de su país es un valor añadido, pero es un telón de fondo expuesto con probreza narrativa. El lenguaje cinematográfico usado por Mira Nair no pasa del automatismo de quien necesita convertir un guion en imágenes y coloca la cámara donde le han enseñado, sin plantearse que la narración misma de la historia puede residir en los recursos de formales. Una dejadez que es equiparable al compendio de tópicos del que se nutre el guion. Las propuestas, desarrollos y giros son los habituales y tan manidos del melodrama televisivo y la comedia romántica, por lo que su grado de previsibilidad se convierte en un arma de autodestrucción masiva. Mira Nair entrega una obra tópica en fondo y forma, lo que sería salvable si ese contexto, que podría ser tan rico en su exotismo, no fuera tan cercano a la representación estereotipada que un occidental haría de este universo.

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