EL GRAN HOTEL BUDAPEST (2013) - Wes Anderson

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Un Rolls-Royce sin motor


Película a película, Wes Anderson se ha ido labrando un confortable espacio en el mundo del cine alternativo, presentando títulos que han sido alabados por todos los sectores de la crítica y lo han aupado a los altares del buen gusto. Con su última entrega, “El gran Hotel Budapest”, no se queda atrás, repitiendo éxito entre sus seguidores, conquistando a nuevos adeptos y dándole un motivo de peso a su pequeño reducto de detractores para subrayar su nombre en sus respectivas listas negras.
Contada en tres líneas temporales, comienza por el final, para rápidamente pasar al eje intermedio del relato, en el que se presentará al narrador de la historia, el cual, a modo de voz en off, trasladará al espectador al apogeo pretérito del Gran Hotel Budapest, en una reinvención conceptual de las matrioskas, con una narrativa que, yendo de fuera hacia dentro, va de menor a mayor.

Se acaba de dar el pistoletazo de salida a un cuento infantil, cuya representación literal se obtiene en las entrañables maquetas móviles que abren esta historia y pueblan este universo, en el que todo es pintoresco, colorido, chillón y recargado, desde los ostentosos decorados hasta sus excéntricos pobladores, que conforman un ambiente nostálgico, finamente decadente, en el que parece que el tiempo se hubiera detenido, y que son alterados por repentinos estallidos de violencia, sexualidad y horror, como si el mundo adulto pretendiera acabar con la fantasía, con el niño que llevan dentro, en una versión multicolor del Tim Burton más introspectivo.

Previamente, el terreno ha sido preparado por una banda sonora exquisita (¿Puede ser Alexandre Desplat el compositor más en forma del cine actual?), pero inquieta, revoltosa, que, junto con una omnipresente voz en off, encuentra su prolongación visual en un frenético montaje, de reminiscencia cartoon, que a duras penas ofrece un respiro.

Sin embargo, nada de lo anteriormente expuesto convence si, por el camino, uno se olvida de contar una historia, principal (que no único) problema de este delicioso caramelo, que, tras saborearlo un tiempo, acaba empalagando. Una delicadísima y cuidadísima puesta en escena, con permanentes simetrías a golpe de gran angular, acaba pecando de excesivo protagonismo, saturando y desviando la atención de una, de por sí, planísima historia, inundada por una fangosa voz en off, en la que, efectivamente, parece que el tiempo se ha detenido.  Infinidad de personajes caricaturescos e insulsos pueblan un universo que luce tan bello como artificial, tan pomposo como vacío, con el que Wes Anderson parece creerse mejor de lo que es. Su coche es espléndido, sofisticado y reluciente, pero jamás arrancará.

Nota: 6.
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